miércoles, 27 de abril de 2011

Champions vs. Spartacus


Se acabó la Semana Santa edición 2011. Según los pesimistas la penúltima, ya que el año que viene llega el fin del mundo tal y como predicen los Mayas. Pero eso no viene al caso ahora. Acabadas las mini vacaciones volvemos al día a día. Primero con la triste realidad que nos deja el tiempo, me refiero al atmosférico, porque vaya días de mierda que hemos tenido y que sol radiante hacía ayer. Eso debe ser cosa de la crisis y seguro que algo tiene que ver ZP con todo esto. Estoy visualizando algún oscuro despacho en Moncloa y aledaños donde unos sesudos señores deben haber decidido que si en época estival, como la Semana Santa, propagamos mal tiempo, la gente contraerá el gasto, aumentará el ahorro y dejará saldo en las cuentas bancarias. ¡Que los señores banqueros están muy necesitados! Y a la vuelta de las vacaciones soltamos el Sol y a producir con alegría. Al fin y al cabo unas vacaciones pasadas por agua están mejor vistas que un día de trabajo con tormenta.

Asuntos meteorológicos aparte, volvemos a nuestras vidas y a nuestros problemas. Y en este bendito país, uno de los más importantes asuntos a tratar (por no decir el que más) es el fútbol. Después de un empate a nada en liga y una victoria blanca en la Copa del Rey, llega el enfrentamiento definitivo, la madre de todas las eliminatorias, el sentido de la vida de algunos, el negocio suculento de otros, el simple entretenimiento de masas para la mayoría y una jornada de trabajo más para los participantes.

No soy de los que piensan que con todos los problemas que tenemos por qué perdemos tanta energía en esto. Soy partidario del “pan y circo” porque es necesario. Porque el estado de ánimo es un baremo que condiciona todo lo demás en nuestras vidas. La posibilidad de la aniquilación del eterno enemigo nos da un chute de optimismo y expectación que nos ayuda a continuar. Y por si fuera poco, por partida doble en esta Champions League. Claro que es un negocio para la Uefa, y para los clubes, incluso para los jugadores de futbol, los nuevos gladiadores de nuestra época. Pero también es todo lo demás, también es uno de los mejores divertimentos que existen, es el sumun de las competiciones, donde siempre hay en juego más que un resultado. No voy a seguir por ahí, que me parezco ya a un columnista del Marca o del Sport.

Me quedo con los jugadores, los nuevos gladiadores como he dicho. Hoy en día, gracias a la perspectiva que nos da la historia, vemos el asunto de los gladiadores de la antigua Roma como un espectáculo grotesco propio de animales en vías de civilizarse. ¿Cómo es posible que la gente disfrute con esas carnicerías? Pues porque es así, es cierto y no ha variado nada en los últimos 2000 años. Véase el ejemplo de la aclamadísima serie “Spartacus: Sangre y Arena” y su precuela “Spartacus: Dioses de la Arena” de la cadena Starz, emisora que está recogiendo el testigo de la grandiosa HBO en cuanto a producciones de gran calidad. En esos capítulos (para los que no la hayan visto, ya están tardando. Estómagos frágiles abstenerse) se recoge la mayor cantidad de sangre y violencia por minuto filmado que haya visto en muchos años. Sin llegar a ser del género gore, para eso hay que comer tripas y demás lindezas, es violenta, desmembradora, exagerada y sanguinolenta a más no poder. En el plano sexual tampoco se queda corta, con escenas más que explícitas. En analogía con lo que he escrito más arriba, he de decir que el sentimiento que te embarga viendo esta producción es el de querer un poco más. Esperar a la próxima escena a ver como masacran al siguiente contrincante de Spartacus o de Crixo, el Campeón de Capua. Hasta mi mujer, bastante timorata para este tipo de series o películas, disfrutó viendo las peleas y los litros de sangre. Y uno llega un momento que se pregunta, ¡coño!, ¿en qué hemos cambiado? Si, si, vale. Es ficción, es un espectáculo y los Derechos Humanos (Human Rights para que tenga más empaque) lo prohibiría hoy en día. Siempre para las grandes masas, porque al nivel de una república bananera mejor no hablar.

Seguimos disfrutando como animales que somos, de las animaladas que se nos ocurren. Descubramos las 7 diferencias/coincidencias entre las luchas de gladiadores y el futbol de nuestros días:

1º DIFERENCIA/COINCIDENCIA

  • Gladiadores: Luchaban por ser el campeón y recibir la rudius, o espada de madera que les daba la libertad y la inmortalidad.
  • Futbolistas: Juegan por recibir el balón de oro o el Fifa World Player que les de la libertad financiera definitiva y la inmortalidad.

2º DIFERENCIA/COINCIDENCIA

  • Gladiadores: Se entrenaban sin descanso porque de lo contrario morirían en la arena y nadie les recordaría.
  • Futbolistas: Se entrenan sin descanso para poder jugar o mueren en las categorías inferiores hasta llegar al olvido.

3º DIFERENCIA/COINCIDENCIA

  • Gladiadores: Las grandes y adineradas mujeres de la época querían contar son sus favores sexuales. Daba caché y además pasaban un muy buen rato.
  • Futbolistas: ¿Es necesario que explique lo que algunos futbolistas hacen con las modelos y lo que otras mujeres pretenden hacer con los futbolistas?

4º DIFERENCIA/COINCIDENCIA

  • Gladiadores: Podían acumular riqueza suficiente como para comprar su libertad, obtener la independencia económica y vivir de las rentas el resto de sus vidas. Muchos dilapidaban su fortuna en mujeres y alcohol hasta que acababan tirados en la parte de atrás de algún sucio burdel.
  • Futbolistas: Algunos llegan a acumular tanta riqueza sin saber hacer la O con un canuto, que lo único que les queda cuando envejecen, es hacer el canuto pero para otra cosa. Todos conocemos ejemplos de esto.

5º DIFERENCIA/COINCIDENCIA

  • Gladiadores: Tenían un lanista (dueño de los gladiadores) y un Dottore (entrenador de los gladiadores) que los cuidaba, entrenaba y hablaba por ellos hasta conseguir obtener el mayor beneficio posible.
  • Futbolistas: ¿Qué tienen los futbolistas en el club donde trabajan?

DIFERENCIA/COINCIDENCIA

  • Gladiadores: Cuando salían a la arena la gente les animaba enfervorizada, deseando que mutilase y masacrase a su rival, como fuera, con los métodos que fueran, siempre y cuando saliera victorioso. La gente se metía en peleas por coger un buen sitio y no dudaba en darse de puñetazos con alguien que criticara a su gladiador favorito.
  • Futbolistas: Cuando saltan al césped la gente les anima enfervorizada, deseando que driblen, marquen golazos. Un defensa siempre se plantea que pase la pelota pero no el delantero. La gente se mete en peleas por coger un buen sitio y… creo que el resto me lo puedo ahorrar.

7º DIFERENCIA/COINCIDENCIA

  • Gladiadores: No importaban absolutamente nada. Eran esclavos. Si morían en la arena se sustituían por otro y a seguir. Lo que importaba era su cuenta de resultados y el beneficio que se podía sacar de ellos. Si de paso ganaban y se hacían famosos, pues mejor.
  • Futbolistas: Es triste pero es así. Muchos, apuntando grandes maneras, han visto sus carreras truncadas por lesiones que les han provocado, por sobreesfuerzos, sobreentraniento o defensas con la pierna muy suelta. No pasa nada, a rey muerto rey puesto. Se busca al nuevo valor y a vender camisetas. Si el pobre chaval muere en el intento, peor para él.

Esta apología que he escrito, bastante larga por cierto, no quiere poner en la picota al futbol, sino poner negro sobre blanco una impresión que tengo. El espectáculo debe continuar, contigo o sin ti, ya que el pan y circo es necesario y deseable. Los gladiadores de nuestro tiempo se batirán en duelo esta noche en un primer asalto y será un combate a muerte. Por suerte aquí no hay muertos al instante ni sangre a borbotones, faltaría más. Aquí solo hay diversión, merchandising, derechos de televisión, entradas carísimas, reventa aún más cara, camisetas, bufandas, banderas, comida rápida, negocios aledaños que hacen su agosto, aerolíneas, autobuses para desplazar a la afición, fuerzas de seguridad movilizadas, aficiones que se pelean, celebraciones con alcohol y otras cosas y, sobre todo, dinero, dinero y dinero.

Que disfrutéis del partido.

miércoles, 19 de enero de 2011

Por un plato de sopa


Ha pasado ya muchas veces, tantas que sería imposible recoger todos los testimonios. Esta maldita crisis que hemos provocado los ciudadanos de a pie por querer vivir como si fueramos ricos, traspasa las fronteras de lo racional, de lo lógico y del sentido común. En un tiempo en el que la ausencia de valores se está convirtiendo en un valor en sí mismo, nos encontramos con que la vieja España, la de aquellos años de postguerra, retorna en algunas facetas con mucha fuerza. Con grandes salvedades gracias al paso de los años, pero la misma esencia en el fondo. Me explico:
Hubo un tiempo en el que es este bendito país era imposible poner un plato caliente en la mesa si antes el padre de familía no había trapicheado con algo, sustraido algún objeto para revenderlo, robado una gallina o, en el caso de las mujeres, vender su cuerpo al mejor postor. Era la única manera que había de sobrevivir para un sector de la población sin un destino claro en la vida. Solo había una premisa: llenar la boca de la enorme prole que se estilaba por la época (entorno a 7 hijos de media). Tal cosa se convertía en un life motive del que era difícil escapar y fiel reflejo de ello fue la gran novela de Cela "La Colmena" donde se retrata, en una postguerra tremenda, todo de lo que era capaz la gente con tal de sobrevivir. Se organizaban reuniones clandestinas donde se intercambiaban objetos por dinero o especias. Se hacían planes de futuro que no llegaban hasta el final de la semana. Los más hábiles e inteligentes empezaban a ver las opciones que tenían los estraperlos continuados, y todo por un único fin.
El fin, el mencionado: un puto plato de sopa.
Esos ecos del pasado, que vemos hoy en día casi como una anecdota de otro siglo, retorna a la actualidad con serios matices, pero con una esencia bien clara. Todo el mundo sabe que en la mayor empresa de españa, el Inem, hay inscritos más de cuatro millones de parados. Personas con ingresos tan limitados que es imposible que puedan pagar la casa, el teléfono fijo, la conexión a internet, el coche de papa, el coche de mama, la moto del hijo, la de la hija, los ipods, las vaciones de verano en los fiordos noruegos, las paellas del domingo en el restaurante, el gimnasio, el fisio, los caprichos del Decathlon, los caprichos de la Fnac, las compras en los chinos, los juguetes que casi todos los días hay que comprar al chiquillo, la peluquería, el Mediamarkt, el móvil de nueva generación, el nuevo móvil de la nueva nueva generación, los estrenos de cine y la madre que los parió a todos.
Esta analogía que planteo me lleva a la siguiente tesitura: es cierto que no se puede seguir así, con esta crisis espantosa, pero mucha mas cierto es que a pesar de tantos parados y de que el consumo decrece mes tras mes, es imposible encontrar una mesa libre en un restaurante el domingo, por lo mismo que es imposible ver vacio el Mediamarkt. ¿Entoces que ocurre? Nada, como siempre. ¿Que nos vamos a ir al paro? No pasa nada, se sigue trabajando en b y se cobra el paro, porque todo lo que he citado anteriormente hay que seguir pagando. ¿Que el gobierno dice que va a hacer esto o recortar lo otro? No pasa nada, el miércoles por la tarde me voy a hacer pilates ¿Que se prohibe el tabaco en los bares? No pasa nada, despedimos a los culpables, los camareros y arreglado ¿Que no llego a fin de mes? No pasa nada, voy a estrenar tele de plasma ¿Que se conjelan las pensiones y los funcionarios cobran menos? No pasa nada, ya he reservado vuelo para Punta Cana ¿Que la nevera está vacia? Hay hijo mio, me ha tocado pasarme por cáritas a recoger unos litros de leche y pan de molde.
Disculpa la ironía, no quiero herir sentimientos, pero hace falta un poco humor negro en todo esto. En tiempos de crisis, los comportamientos pseudo-ilícitos están aceptados porque el interés común siempre supera al interés particular. Bien cierto es que hay miles de personas que realmente están perdiendo sus posesiones más preciadas por culpa del demonio (porque nunca nos podemos culpar a nosotros mismos, nos obligaron a firmar a punta de pistola esa hipoteca de 400.000€ a 60 años los muy cabrones) y que su historia personal no es para tomárselo a risa. Pero como bien he dicho, esos son unos miles de personas, ni mucho menos más de cuatro millones. Eso no se lo cree ni un niño de 3 años. Viví en primera persona toda una peregrinación un domingo de las pasadas navidades. Hasta 3 restaurantes tuve que tocar a la puerta para ver si tenían a bien acogerme y darme una mesa para 3 personas (mi mujer, mi hijo de 8 años y yo) y a la tercera fue la vencida. Desde las 13:30 que empezamos a buscar hasta las 15:30 horas que me sentaba por fin a comer, rodeado de un montón de familias en crisis que degustaron abundantes alimentos, regados de abundantes bebidas, para terminar pagando una abundante cuenta. Si me hubiera levantado de la mesa y hubiera preguntado cuántas personas de las presentes estaban en la nómina del Inem, seguramente la mitad levantarían la mano. Que cada uno puede hacer con su vida y su bolsillo lo que quiera ¡por supuesto! pero eliminemos el cinismo de nuestros discursos y pongamos en un aprieto de verdad a quienes nos dirigen.
En aquella época de la postguerra de la que antes hablaba, la gente mataba por un trozo de pan, y era literal. O comía yo o comías tú. O moría yo o morías tú. En ese terrible contexto todo estaba justificado por una simple razón: era verdad. Hoy en día no lo es. Estamos viviendo la peor crisis financiera de la historia de la humanidad y sigue sin pasar nada, porque el estado del bienestar nos ha educado tan bien que nos permite seguir manteniendo la mayor parte de nuestro modo de vida aunque para ello tengamos que estrujarnos los sesos, pero al final el dinero sale, aunque eso suponga estrujarle la teta a un sistema inventado para que se la estrujemos.
Está muy bien pregonar que queremos que cambien las reglas del juego sin querer asumir las consecuencias de esas reglas. Está muy bien trabajar en negro para que el empresario no page por nosotros la seguridad social, haciendo lo mismo y cobrando 2 sueldos. Está genial que el empresario te pueda deber 2 nóminas de por vida y no poder hacerle nunca nada. Para eso están esas reglas, para que las usemos. Eso si, que la frase nunca falte: la cosa está muy mal y no se como vamos a hacerlo este mes. Frase de cabecera que he oido por doquier.
Creo que lo dejo aquí, tengo que irme a por mi nuevo MP5.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Cerca de un final


Siempre me ocurre, cuando estoy disfruntando de una gran película o un buen libro, que quiero que los últimos minutos o las últimas páginas se alargen hasta el infinito y más allá, como diría el gran Buddy de "Toy Story". Me topo con la realidad que los grandes momentos vividos se diluyen en la realidad haciendo un hueco en mis recuerdos mas o menos indeleble. Es una huella bonita, que nunca se quiere perder y que de vez en cuando gusta revivir.
Con los malos libros, las malas películas y las malas experiencias es lo mismo pero al reves. Es el yang frente al ying. Deseas acabarlo antes de empezar y resulta muy fácil acabar con esa anguistia. Si hay que quitar esa peli a los tres minutos pues se quita, y si he de quemar el libro en una pira funeraria junto con otros miles de libros que jamás deberían haber sido escritos, pues lo hago y tan feliz me quedo. ¿pero que hay de las experiencias? Eso es mas delicado, ya que aunque te encuentras en situación de prevenir lo que te ocurre siempre queremos abrir la siguiente puerta a ver si esta nos lleva a la salida, cuando lo mas probable es que nos lleve al sótano. A pesar de saber que la situación es controlable, te das cuenta que el controlado eres tú, ya que supones una simple linea de código dentro de un complejo programa diseñado y tejido por muchas manos. Dejar escapar a ese solitario grupo de ceros y unos es, aparte de desestabilizador, en ocasiones imposible.
Y en esto me siento como cuando en ocasiones he desmontado un pequeño electrodoméstico. Cuando he reparado la averia (si he podido) y lo vuelvo a montar, rara es la vez que no me sobra un tornillo, una arandela o una chapa de color plateado que no se muy bien para que sirve. Pero compruebo con alegria, que al volver a enchufar el cacharro a la corriente eléctrica, éste vuelve a hacer su papel. ¿Qué he conseguido? Solucionar un problema y encima aligerar el peso del aparato, y eso no debe ser del todo malo.
Pero esto es fácil de hacer con una plancha o con un amplificador, pero parece ser que es imposible de hacer con las personas. Enfrentarse al destino es, en ocasiones, tedioso y peligroso, pero si yo soy capaz de encontrar un uso diferente para esa extraña chapa de color plateado, cómo no se va a poder hacer lo mismo con las personas. Esto es de perogrullo.
Recuerdo en estos momentos a una gran figura histórica como Julio Cesar, guerrero y estadista al que admiro dada la distancia histórica. Después de colocar a Roma en la cima del mundo convirtiéndola en un imperio que duraría siglos, se enfrentó a su última sesión del senado sabiendo que lo iban a matar. Pensó, reflexionó, valoró sus opciones, y por mucho que hubiera querido que sus conciudadanos tomaran otra acción sobre él, sabía que no podría evitar su asesinato. Caminó con paso firme con su toga bien puesta, su cabeza alta y su mirada al frente, directo al patíbulo. Repasó su vida sin arrepentirse de las decisiones que había tomado con anterioridad a pesar de que lo llevaban al final, porque esas decisiones se tomaron en un contexto que no daba pie a otras y no había que pensar en consecuencias que vendrían meses después, o incluso años después.
Dicen las crónicas, que en el momento del magnicidio, cuando estaba recibiendo más de cincuenta puñaladas por todo su cuerpo, ni un solo reproche, ni una sola queja salió de su boca. Ni siqiuera la famosa frase de "tú también, Bruto" fue real. Se limitó a recibir su castigo. Un castigo que el consideraba injusto después de todo lo que había hecho por el imperio, cosas que otras personas consideraban auténticos delitos.
En esa tesitura nos podemos encontrar en ocasiones. Cuando no hemos provocado una situación, sino que hemos ayudado a que un proyecto salga adelante con nuestras mejores intenciones y a pesar de ello, somos castigados sin entender muy bien por qué.
Supoongo que Julio Cesar pensó que habría una vida después de la muerte. Yo me quedo con una de las frases antológicas que dejó Groucho Marx en su vida cuando le hicieron esa pregunta: "Dudo mucho que haya vida antes de la muerte para algunos"
Un abrazo.

viernes, 6 de agosto de 2010

Consejos vendo pero para mi no tengo


Ayer pasé una buena tarde con la familia. Conversando de lo divino y lo humano y un poco de las cosas importantes. Dentro de este segundo campo y coincidiendo con la llegada abrupta de mis vacaciones, nos liberamos un poco mas y empezamos a plantear diversas tareas para estos días y a hacer unos cuantos guiños al futuro. Como todos los humanos tenemos boca y un buen puñado de opiniones a repartir por doquier, pues la situación ayer no fue distinta. Los padres, hermanos, cuñados y familiares más o menos cercanos, incluidos los amigos de verdad, siempre intentan echar una mano en las situaciones difíciles, sobre todo con lo que he mencionado: los consejos. La grandeza de esto es que mientras uno entrega un consejo más o menos bien hilado a alguien, rara vez se para a pensar si la ejecución de dicho consejo sería aplicable en su propio caso. Si uno plantea la toma de decisiones desde una perspectiva particular, no exenta de los aportes que los demás nos hacen, ante todo hay que respetar ese punto de vista. Es evidente que si alguien camina en dirección al precipicio en plan Thelma y Louise, alguien ha de pararlo. Pero creo que no es mi caso.

Esta introducción un poco divagada me sirve para entrar en materia. Cuando llegamos a casa por la noche, mi mujer y yo continuamos con el debate y surgió una idea que siempre ha de analizarse: hasta qué punto debemos dejar que el orgullo y la soberbia no guíen. No estoy planteando que yo sea un ser excesivamente soberbio (que algo hay), pero desde luego sí que soy orgulloso. Aceptar críticas constructivas se convierte en muchas ocasiones en una prueba de fuego casi insuperable. ¿Quién no se siente identificado? Si de hecho, lo que nos hace evolucionar como personas en muchas ocasiones es precisamente eso, tener ese punto de mala leche en el que nos sentimos un peldaño por encima de los demás aunque de boca para afuera no lo reconozcamos. El mestizaje de ideas es algo maravilloso, precisamente porque nadie está en posesión de la verdad y todos tenemos derecho a equivocarnos. Pero a pesar de disponer de ese derecho también tenemos un deber: el de reconocer los errores y aceptar las críticas de la gente que nos importa. Simplemente porque no pasa nada.

Para un hijo sus padres lo son todo, aunque tenga cincuenta años y los progenitores sean unos ancianos. Podrás reconocer de mejor o peor manera sus errores, pero se equivocan en sus decisiones al igual que lo hacemos nosotros. Cuando uno está tan íntimamente implicado en esa situación, el prisma de observación de la realidad suele estar desenfocado y la mirada crítica de tu pareja, de un buen amigo u otro tipo de voz autorizada siempre ha de venir bien. Si disipamos los sentimientos que inflan nuestros egos, nos daremos cuenta que muchas veces esas voces autorizadas suelen estar más cerca de la verdad en determinados temas que nosotros mismos, por mucho que nos duela la situación. Y esto no es un alegato en contra de los padres, ni mucho menos, ya que lo que estoy contando es aplicable a todos los campos de la vida. A saber:

En una empresa, el jefe, por mero hecho de ser el emprendedor y empresario (muchas veces esas dos cosas no van unidas) no se encuentra en posesión de la verdad absoluta. Ni siquiera se acerca en determinados casos. Pero ejercen de emperadores de la sabiduría y se plantan delante de sus súbditos ignorantes como adalides del conocimiento. A lo largo de mi vida laboral he trabajado en más de diez empresas. En muchas no he durado más de un día y en otras he estado cinco años. Y el factor común a todas ellas siempre ha sido la soberbia y la falta de humildad. Tal vez porque nunca he dado con el prototipo de empresario que a mí me gustaría tener dirigiendo el barco, tal vez mis aspiraciones en la vida sean demasiado soñadoras, pero mi petición al respecto siempre es la misma: humildad. Es algo que he clamado a gritos allí por donde he pasado y es algo que intento aplicar a mi mismo aunque en ocasiones no lo consiga. Yo he pasado esas fases. Tuve un negocio hace años que no funcionó mi fracaso se debió a lo que estoy diciendo. Yo lo sabía todo, ni mi mujer, ni mis padres, ni nadie de mi entorno tenía ni idea de qué hablaban. Yo era el eterno incomprendido y los demás me hacían un boicot sistemático. Veía paranoias y conspiraciones por todas partes y únicamente la ruina que me llego y la soledad que me encontré después, pudieron sacarme del agujero. Mi entorno fue determinante en la solución del problema y tuve que pedir muchas disculpas y reconocer muchos errores que a día de hoy, más de diez años después, aun siguen levantándome ampollas. Pero jamás podré decir que no eran ciertas las críticas que me llegaban.

Hace tiempo, en mi anterior etapa laboral, le dije a un buen amigo que me encantaba trabajar a su lado porque eso me hacía mejor trabajador. Es un tipo muy inteligente y siempre me ha gustado rodearme de personas más inteligentes y con más conocimientos que yo. Eso es la evolución para mí. En mi trabajo actual me pasa algo muy similar, solo que no es una persona, son un buen puñado. Me hacen ser mejor trabajador y me hacen ser mejor persona. Independientemente de la batalla de egos a la que en ocasiones asisto y que es motivada por el afán de superación y por un espíritu competitivo que ha hecho de este colectivo algo que nunca antes había visto. Me siento bien con ellos, noto que evoluciono, y solamente actitudes como las antes descritas harán que este sueño se convierta en pesadilla.

Quiero creer que, como seres evolutivos, aprendemos de los errores, y deseo, a pesar de estar llegando a la línea de meta mucho antes de lo que hubiera deseado, que las personas aprendan de sus errores, se tomen la pastilla de la humildad y deseen ser mejores ayudándose de su entorno, tal y como yo intento hacer. Porque de esa manera un día se levantarán por la mañana y dirán: “siento que soy mejor y gracias a mis compañeros, mañana me superaré”

lunes, 26 de julio de 2010

El Dañocolateralismo


Si hay algo peor que tropezarse por causas ajenas a tu voluntad, es la cronología de un fracaso. Hoy no puedo ser optimista, lo siento, y mira que va en contra de mi modo de ser. Convertirse en mero espectador de los acontecimientos que nos suceden y no poder intervenir para que se resuelvan de una u otra forma en un tiempo razonable, es, de lejos, lo peor que nos puede pasar. Tengo el ánimo bajo aparte, por un hecho luctuoso que me ha ocurrido este fin de semana con un familiar de mi mujer, que aun enfatiza más mis sensaciones. Un trágico accidente de tráfico convierte, de un minuto a otro, tu vida en una postal difusa de la vida de alguien al que no reconoces. Tus sueños, metas, hijos, deseos, objetivos, pasan a un quinto plano de donde no se sabe si saldrán alguna vez.
Algo lejos de esto, por suerte, es lo que me acontece. Lo que pasa es que, como ya he comentado en alguna ocasión, somos seres sociales y empáticos. Dicho vulgarmente: “lo que te afecta me afecta”, y aunque tengo un índice de sociopatía importante, no termino de ver los acontecimientos que me rodean como una película que le está ocurriendo a otro, no a mí mismo. Y no es que roce, ni de lejos, lo que reza uno de los álbumes de El Último de Fila, titulado “Cuando el hambre entra por la puerta el amor salta por la ventana”, pero es una seria reflexión que en un individuo como yo, cercano a la mediana edad, convierte en real los fantasmas de otras realidades.
Por el hecho que comento, el de no poder controlar nuestro destino, en ser mera comparsa de decisiones que toman otros, uno se ve abocado a estos lodazales. Rousseau decía que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad le corrompe, y yo siento que es así. Esto me ha traído sinsabores a lo largo de mi vida truncando algunas amistades, pero no dejaban de ser en muchas ocasiones simples pataletas en gente pre y post adolescente. Cuando entra factores como la estabilidad personal, el futuro de un hijo, los sueños de una pareja y los trastornos de una familia, y el “dañocolateralismo” se convierte en el life motive de una vida, uno no se puede sentir de otra forma más que frustrado, enfadado, rabioso y… lo dejo ahí.
No porque ciertas situaciones delicadas vayan a cambiar una vida entera, que si no pasa nada, será larga y próspera. No porque nada tenga remedio, excepto lo que he comentado antes de este familiar. Todo se repone, y si no fijémonos en la Alemania post II Guerra Mundial. Hoy en día nadie duda de que sea el motor de la Unión Europea. Pero a uno siempre le queda la duda de que aun haciendo las cosas bien, respetando a los demás, siguiendo las normas y todo eso, si has de estar jodido lo estarás, y que impedirlo ni depende de ti ni es decisión tuya. Creo que es como para estar como he explicado. Y que conste que esa palabra que me he inventado, el “dañocolateralismo”, a pesar de causar estragos, es controlable y recuperables las pérdidas que genere. Pero joder, necesito dar un puñetazo en la mesa y decir lo que pienso, aunque sea en este blog personal que leen 4 gatos.
En fin, terminemos con una miaja de optimismo dando las gracias a esos gatos y a la bendita paciencia de la gente buena en realidad, véase mi familia, amigos y compañeros de trabajo. Vampirizar esas energías es lo único que ahora mismo me hace madrugar todas las mañanas.

viernes, 23 de julio de 2010

Una vez hubo un sueño...


Una vez hubo un sueño llamado Roma, sólo podías susurrarlo, a nada que levantaras la voz se desvanecía, tal era su fragilidad... y ahora temo que no sobreviva al invierno.

(Marco Aurelio y el General Máximo en "Gladiator" de Ridley Scott)

Creo que es apropiada esta cita para definir lo que siento. Aunque saliéndome un poco de la línea ortodoxa más bien se podría definir mi situación como que no está hecha la miel para la boca del asno. Que vivan los refranes populares y que duren.

Las realidades que vivimos conforman, en su mayoría, el muro de nuestra experiencia. El saber lidiar con los obstáculos del camino perfila aun más nuestra capacidad para asimilar cambios y abordar nuevos retos. Como humano que soy, no estoy exento de estas sensaciones, a pesar de que muchas de ellas hacen un daño que difícilmente se repara. Pero precisamente por ser humano, por mi condición, sé que soy capaz de levantarme una y otra vez, con más o menos ánimo, más o menos rico y más o menos motivado. Porque si muere algo hoy, nacerá algo mañana.

Lo difícil es tragarse este sapo, reconocer que de todos los caminos optas por uno y has de ser consecuente con él, y que lo voy a explorar y explotar de la mejor manera que sepa y sé. ¿Pero en qué situación me encuentro ahora? Pues en una batalla entre cabeza y corazón. Entre el dilema de quedarme besando la lona del suelo o levantarme y volver a embestir de nuevo. En ese trayecto se puede perder mucha energía, recursos y tiempo, pero se gana ilusión y posibilidades. Si clavo mi rodilla en el suelo y me incorporo con las fuerzas que me queden, es probable que vuelva a recibir otro puñetazo que me mande donde estaba, pero si no lo intento no lo sabré. Y no solo yo dependo de mi porque soy un ser social y como tal tengo mi pequeña comunidad que sufren y padecen mi situación como yo sufro las de los demás.

Por tanto, y a pesar de que como reza la cita, una vez hubo un sueño llamado Roma, la realidad toma el relevo y me invita a cruzar la siguiente puerta. ¿Qué hay detrás? Me muero de ganas por saberlo.